Cuando escucho cosas que no puedo creer, ya sea por el tema, o por la intención, entre otras, (sabiendo que es enteramente un juicio propio), suelo decir en voz alta… “el día que haya que pagar para hablar, vamos a dejar de escuchar estas cosas”.

Por otro lado, que horror el solo hecho de pensar en la veda de palabras. Con lo lindas que suenan. Con todo lo que se puede hacer con ellas.

¿Pero a qué viene esto?

Encontré un cuento, maravilloso, donde existe un país donde la gente casi no habla.

No lo hacen, porque las palabras se compran, y es algo así como un lujo de ricos. Se pueden encontrar palabras en la basura o volando, pero suelen ser esas que no le interesan mucho a nadie.

¿Qué hacer con ventrílocuo y filodendros?

Pero también es descubrir que, la intención, la expresión y el sentimiento con que cargamos a esas palabras, las convierten en algo más que su mero significado. Y descubrir todo lo que se puede generar a partir de cereza… polvo… silla…, va más allá de su significado. Podemos al decirlas provocar un enjambre de sensaciones que transformen todo nuestro mundo.

Si andan con ganas de descubrir un “tesoro”, sumérjanse en alguna librería y pidan “La gran fábrica de las palabras”, de Agnes de Lestrade y Valeria Docampo (unaluna).

Imperdible.

Sublime.

Como Alma y Tomás.

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