Hay días que duelen. Que dan ganas de llorar. No por algo puntual. Por mucho en general.

Días que nos encuentran con las barreras bajas, con las manos en los bolsillos, con los pies pesados.

Esos días donde redescubrimos que también tenemos partes rotas que a veces se empeñan en recordarte que están ahí y que aunque los dejemos para después, ellos no se evaporan por motus propio. (Y uno tan crédulo con ese pensamiento continuo).

Días que nos ponen a prueba el enfrentarnos con ese manojo de debilidades del que también formamos parte. Cuesta reconocerse desde todos lados. Pero este día también está. Y hoy duele.

Seguramente lo podamos mimar un poco con algo rico, con un poco de silencio, con algo de respiración, con algunas palabras escritas, con un par de lágrimas liberadas.
Pero está. Hay que pasarlo.

De nada sirve ocultarlos, porque ellos saben de reacciones tipo olla presión y quien quiere estar ahí cuando salte la tapa?
Yo no.

Prefiero hacerles compañía,tomarme mi tiempo cuando ellos deciden estar, para atenderlos un poco. Escucharlos.
Para saber de sus miedos, de sus dolores, de sus dudas.
Para desenvolver angustias, desanudar tristezas, desempolvorar escalofríos y volver a arrancar.

Porque creo que de eso se trata. De juntar todas las piezas, las brillantes, las rotas, las oscuras, las dulces. Hasta las de puntas filosas.
Porque somos rompecabezas.
Y para estar completos necesitamos todas las piezas.

#Quererlas.
#Aceptarlas.
#Amarlas.

A todas.